John McGinn volvió a responder en el escenario grande. En una noche de nervios y lucha más que de brillo, el capitán del Aston Villa firmó el 1-0 que devolvió a Escocia a la senda del triunfo en un Mundial, derrotando a Haití en un estreno áspero y muy disputado.
No fue un arranque de postal: un partido trabado, físico, decidido por detalles. El gol de McGinn nació de la insistencia: un balón dividido en el área, un toque clave que descolocó a la defensa y un remate imposible para Johny Placide, capitán y portero haitiano. Para McGinn, curtido en Champions, Europa League y Premier League, quizá no sea su diana más estética, pero sí una de las más significativas por lo que representa para su país.
El rugido del público contó la historia completa. El himno sonó como un desahogo tras casi tres décadas sin Mundial, y el pitido final puso fin a 36 años de espera por una victoria en el torneo. Bajo Steve Clarke, Escocia se ha convertido en un equipo sólido, menos dado a los bandazos, con estructura y líderes para gestionar el momento.
McGinn es uno de ellos. A su lado, Andy Robertson —para muchos, el mejor lateral zurdo del Liverpool en la era moderna— guía una columna vertebral que se completa con el olfato de Scott McTominay, la madurez de Lewis Ferguson en Italia y piezas fiables como Ryan Christie, Kieran Tierney, Aaron Hickey y Nathan Patterson. No son solo mejores nombres: es una mezcla mejor equilibrada.
El 1-0 vale más que tres puntos simbólicos. Con el formato ampliado y la opción de clasificar entre los mejores terceros, ganar en la primera jornada coloca a Escocia en posición de avanzar. Clarke insistirá en pulir las áreas y el control de los partidos, pero como declaración inicial, sufrir para ganar también dice mucho de la identidad escocesa.
Llegarán rivales más duros y actuaciones más limpias. Por ahora, cuando Escocia necesitó un héroe, McGinn apareció: emblema de una selección hecha para competir y, por fin, de vuelta en la élite.